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Lina María Ramírez Hoyos es Arquitecta Constructora egresada de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín. Su paso por el pregrado, como el de muchos jóvenes, estuvo marcado por desafíos personales, pausas inesperadas y procesos de transformación que trascendieron lo académico.
Lina María Ramírez Hoyos y su hija, María Victoria Ramírez Hoyos, en las escalinatas del Bloque 24. Fotografía de cortesía. Hay quienes llegan a la Universidad Nacional de Colombia con certezas. Lina María Ramírez Hoyos llegó con intuiciones. Con la memoria del ladrillo, el sonido del concreto y la imagen persistente de las obras de construcción que veía desde niña, cuando acompañaba —sin saberlo— su destino entre planos, máquinas y estructuras. Mucho antes de entender su profesión, ya la habitaba. Hoy, desde una vereda en Marinilla (Antioquia), donde el paisaje se mide en montañas, silencios y cultivos, Lina mira hacia atrás y encuentra en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín —la Nacho— un punto de inflexión. No solo como institución, sino como experiencia vital. Un lugar donde, como ella misma dice, “se pensaba el mundo desde el diseño, la técnica y la posibilidad de construir algo mejor”. La Universidad Nacional de Colombia, su alma máter La historia de su paso por la Universidad empieza en una familia de constructores, en la curiosidad de una niña que dibujaba y observaba. En el gusto por crear con las manos. En la fascinación por ver cómo un espacio cambiaba, se levantaba, tomaba forma. Por eso, en 2002, Lina decidió iniciar su camino como delineante de arquitectura e ingeniería en el Colegio Mayor de Antioquia. Dos años después, en 2004, cruzó por primera vez los pasillos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Sede Medellín. Y algo hizo clic. Recuerda los bajos del bloque 24, las escalinatas, los talleres llenos de maquetas, las compras donde Lucho, las conversaciones largas que no siempre terminaban en acuerdos, pero sí en preguntas. Recuerda, sobre todo, la sensación de pertenecer.
Pero su paso por la Universidad no fue una línea recta. Fue, más bien, un trazado con pausas, desvíos y retornos. En 2005, cuando apenas cursaba tercer semestre, nació su hija. Prematura. Frágil. En medio de un momento que exigía decisiones urgentes, Lina tuvo que detener su camino académico para concentrarse en algo más importante: la vida. “Me tocó pausar, reorganizarme y volver a empezar”, recuerda. Ese año fuera de la Universidad no fue un vacío, sino una escuela distinta. Una donde aprendió sobre el tiempo, la paciencia y las prioridades. Una donde la arquitectura dejó de ser un proyecto profesional para convertirse en una forma de entender la vida: construir, sostener, cuidar. Cuando regresó, lo hizo con otra mirada. La Universidad, por su parte, también respondió. El acompañamiento de Bienestar Universitario —psicosocial, económico y en salud— fue clave para que pudiera continuar. No solo fue una ayuda institucional; fue una señal de que había lugar para ella, incluso en medio de la dificultad. Nunca vio ese momento como una derrota. “Fue una de las etapas que más me enseñó sobre fuerza, amor y sentido de prioridad”. Y así, entre planos y responsabilidades, entre clases y maternidad, Lina siguió adelante. No como una estudiante promedio, sino como alguien que ya había entendido que la vida no siempre responde a los cronogramas académicos. En esos mismos pasillos donde discutía proyectos, también caminaba con su hija. La Toya, como la llama. Una niña que gateaba entre maquetas, que escuchaba conversaciones de taller sin entenderlas del todo, pero que crecía rodeada de ideas, de dibujos, de futuros posibles. La Universidad, entonces, dejó de ser solo un espacio de formación. Se volvió también un territorio compartido. Una arquitecta constructora comprometida con el territorio
Años después, cuando Lina ya había egresado, su camino profesional tampoco se limitó a un solo lugar. Trabajó en una ONG, coordinó proyectos con comunidades, participó en procesos de construcción de distintas escalas. Grandes, medianos, pequeños. Visibles e invisibles. Pero fue en el territorio —en los municipios del Oriente antioqueño— donde encontró otra forma de ejercer su profesión. Allí entendió que el territorio no es solo suelo ni norma. Es memoria. Es relación. Es conflicto y esperanza al mismo tiempo. Es la manera en que las personas habitan, resisten y construyen sentido. Esa experiencia la llevó a tomar una decisión: estudiar una maestría en Planificación y Gestión del Territorio. No como un requisito más, sino como una forma de profundizar en preguntas que ya venían creciendo. ¿Cómo se construye con otros? Desde 2017, esas preguntas también llegaron al aula. Lina se convirtió en docente de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Antioquia. Y encontró, en la docencia, otra forma de construir. “Enseñar es acompañar, compartir herramientas, exigir con cariño y recordar que detrás de cada plano existe pensamiento, ética y responsabilidad”, dice. Su forma de enseñar no se desprende de su historia. Al contrario, la condensa. En cada clase hay algo de la estudiante que fue, de la madre que resistió, de la profesional que recorrió territorios y de la mujer que eligió no separar lo técnico de lo humano. Entre lo urbano y ruralHoy, su vida transcurre entre dos mundos. Cada día va a la ciudad, trabaja, enseña, se mueve entre lo urbano. Pero regresa al campo. A la vereda. A ese lugar donde, según dice, está su corazón. “Allí todo es arte: el paisaje, el sonido, el color, la paciencia, la verdad”. Cultiva. Siembra. Observa. Piensa los espacios desde la vida cotidiana. Desde lo que no siempre aparece en los planos. Y en ese ir y venir entre ciudad y ruralidad, entre academia y territorio, ha construido una forma propia de entender la arquitectura: como un ejercicio de sensibilidad. Porque para Lina, cada vivienda tiene un fuego interior. Cada persona, una historia. Cada proyecto, un sentido. Pero hay un momento que resume, quizá como ningún otro, el significado de su paso por la Nacho. Su hija. María Victoria Ramírez Hoyos. La misma que gateaba en los pasillos en 2006, hoy cursa séptimo semestre de Arquitectura en la Facultad de Arquitectura. El tiempo, de alguna manera, cerró un ciclo. Verla allí, en los mismos espacios, construyendo su propio camino, no es solo un logro académico. Es una imagen cargada de memoria. De continuidad. De sentido. “Es una de las alegrías más hermosas de mi vida”, dice Lina. Y no es difícil entender por qué. Porque su historia no se mide únicamente en títulos, ni en obras construidas. Se mide en relaciones, en procesos, en personas que confiaron, en estudiantes que recuerdan una clase, en comunidades que encontraron apoyo. “Mi verdadera medallita feliz está ahí”, afirma. Si se le pregunta quién es Lina, no responde con sus credenciales. No empieza por decir que es arquitecta, ni magíster, ni profesora. Dice algo más simple. “Soy Lina”. La que une lo técnico con lo humano. La que habita entre la ciudad y el campo. La que entiende que construir no es solo levantar muros, sino también sostener vidas. Y quizá, en esa respuesta, está también el sentido más profundo de su paso por la Nacho. No solo formar profesionales, sino construir historias con sentido. Comunicaciones, Facultad de Arquitectura. |




